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Nunca me gustó el colegio (y ahora debo encontrar uno para mi hija)

por Alida Werner

A mi nunca me gustó ir al colegio, ¡nunca! O tal vez sí, en kinder, cuando hacíamos velas, panetón chato y rarísimo, buscábamos duendes en la huerta o hacíamos müsli y lo devorábamos compartiendo la cuchara (o al menos eso es lo que recuerdo).

O cuando el Sr. Julio nos ayudaba a hacer pan… un pan maravilloso que jamás he vuelto a probar ni probaré porque su espectacular sabor está sólo en mi recuerdo.

 

Nunca me gustó ir al colegio, pero tengo las sesiones de pintura con la acuarela apestosa  de marca alemana grabadas en el olfato, el “oh Agni fuego sagrado” que recitábamos cada fiesta de San Juan (que la verdad nos hacía parecer más una secta que un colegio), el día en que por fín me dieron mi flauta de madera Honner (que me llenó de decepción porque era de un solo color y no de dos como la de mi hermana) o esa tarde en el taller de escultura, cuando después de escuchar a mi piedra para saber qué era, la partí de un combazo en medio del cráneo (me dijo que quería ser una cabeza).

 

Como nunca me gustó ir al colegio, encontrar uno para mis hijas no fue una tarea fácil. No teníamos claro dónde aterrizar, pero había que empezar a buscar. Comenzamos a preguntar entre los amigos con hijos ya escolarizados, todos con ideas distintas, todos con bolsillos de diferentes tamaños, pero todos muy claros e igual de convencidos de que teníamos que decidirlo ya (aunque Lea acababa de dejar los pañales y Mila estaba bien cómoda en mi panza).

 

“Hay que tomar una decisión”, te dicen, y empiezas a angustiarte con la idea de tu hija sin colegio, en el aire, relegada, ¡solita!.  Haces mancha con alguien más para entrar en grupo, sentirte cómodo en los comités de aula y que los chicos sean amigos desde el principio. Mucha gente te habla de las becas y los intercambios y los logros académicos y si es bilingüe, trilingüe, tetralingüe. “Tiene que hacer tareas”, dicen unos, “cerros de tareas o no estará aprendiendo nada”. “No tiene que hacer tareas, a esta edad tiene que jugar”, pensamos nosotros.

 

La imagen de mi hija siendo la única niña sin un lugar a donde ir comenzaba a atormentarme, así que empezamos por lo primero: buscar colegios que tuvieran un estilo o filosofía parecida a nuestra forma de pensar. Mi esposo que no es mi esposo y yo venimos de colegios con educaciones totalmente opuestas, pero coincidimos plenamente en lo que queremos para nuestras chicas: una educación con libertad y autonomía, con consciencia sobre ellas mismas y su entorno… ¡Ah! y un colegio ¡definitivamente laico! Uno con pocos alumnos por salón, donde la sensación de familia  y comunidad exista. Que esté cerca de casa (aunque en nuestra ciudad ya nada está cerca, pues miles y miles de autos te separan de todo a cualquier hora y yo fuí a un colegio a miles y miles de kilómetros de casa y, como ya dije, lo odié). Un colegio donde la cuota de ingreso no te obligue a vender un riñón y medio pulmón. Un colegio donde el que no tenga de Inga, tenga de Mandinga, porque la diversidad es parte de nuestro universo y donde las dos mamás de Pepito no hagan diferencia con el papá y mamá de Juanita, porque la vida es lo que es y en ella hay lo que hay.

 

Barajando nuestras opciones ideamos una  fórmula matemática, con alguito de física y unos toques de magia, nos decidimos por unos cuantos centros educativos. Seguimos el curso de los trámites y los tiempos y las listas de espera siempre interminables, con el miedo constante de no estar asegurándonos el ingreso (porque tú también entras al cole) por no conocer “al ahijado del nieto de la tía del abuelo de la vecina de la sobrina segunda de tu vieja” y dejándonos los deditos en carne viva de tanto morder para no gritar.

 

“Vuelva el año siguiente que aún es muy pronto”, dijeron, y en vez de sentir alivio, pasé meses angustiada cada vez que me sentía convencida de haber metido la pata con la fecha. Hasta que por fin llegó el día de las entrevistas y todo muy lindo. Muy polite. Muy regio. “Pase usted por la siguiente ventanilla para hacer un depósito de millones de soles en los próximos 38 minutos” (mentira, eran solo algunos miles y algo así como 7 dias, pero es una cuestión de sensación).

 

Finalmente nos decidimos por el que no estaba tan cerca. Por el que nos dejó decidir, por el que nos dijo que, en realidad, no era tan regio pero trataría de ser honesto y verdadero. Por el que llamaría a nuestra niña siempre por su nombre y reconocería su lado más bestia y más salvaje como una de sus fortalezas y no como una debilidad. Nos decidimos por ese al que ella va feliz cada día, aunque tenga sueño y ganas de quedarse en la camita, por el que desde ahora ya es el colegio de su hermana y también nuestro. Por ese colegio en el que después de una entrega de informes, abrazo a la profesora con ganas y cariño verdadero celebrando juntas los logros de mi melenuda mayor, esos que no se miden con A, B o C,  sino con su esfuerzo, su dedicación y su sonrisota desdentada de niña feliz.

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Alida Werner
Alida Werner
Artista plástica y educadora. Mamá de dos niñas y experta en panqueques y en picar manguito. Está comprometida en aprender a ser una buena madre. Para todo lo demás existe Google.